A bird lands for a second. The image is clear, delicate, almost minimal. And before it can fully settle, it disappears. That gesture—brief, suspended, unrepeatable—became the quiet key to Matthieu Blazy’s debut in Chanel haute couture. Not as an overt metaphor, but as a way of understanding fashion itself: something that exists intensely only while it is happening.
At the Grand Palais, Chanel constructed a landscape that felt suspended in time. Willow trees, oversized mushrooms, a scenography that did not seek to dominate but to envelop. More than a set, it functioned as a state of mind.
The collection opened with a near-radical reduction of the Chanel suit. Sheer silks, tender tones, weightless structures that felt more like a memory than a statement. There was no nostalgia here, but refinement. The house’s codes appeared exposed—sometimes quite literally: embroidered love letters, bottles of N°5, a red lipstick, small objects deeply charged with meaning, hidden in linings and pockets or suspended from the jackets’ internal chains. The interior—both emotional and material—was brought to the surface.

From there, the narrative began to shift. Without announcement, silhouettes started to mutate. The female body, the absolute center of the proposal, moved with a lightness that evoked something animal, something airborne. References to birds were not literal, but sensorial: pleats suggesting plumage, embroidery building texture, layers responding to movement. This was not costume or fantasy in the obvious sense, but an exploration of freedom as a form.

Impeccable craftsmanship—complex, precise, almost invisible in its execution—held that illusion together. From sharp, raven-black tailoring to more ethereal, color-infused pieces, everything seemed designed to follow the body rather than overpower it. Haute couture here did not operate as a self-contained display of virtuosity, but as a conversation between the maker and the wearer.


Without underlining it, the show also spoke to the present moment. To individuality, to the right to inhabit one’s own shape, to personal gesture over imposed form. In that sense, the casting—diverse and deliberately non-hierarchical—reinforced a central idea: fashion does not exist without those who activate it.



When the final look crossed the runway and the silence broke into applause, there was a lingering sense of having witnessed something deliberately ephemeral. Like the bird itself, the collection did not try to stay. It offered a poetic pause, an instant of concentrated beauty, and then it was gone.
In Blazy’s hands, haute couture is not presented as a monument, but as an experience: intense, sensitive, and by definition, fleeting.

Un pájaro se posa un segundo. La imagen es clara, delicada, casi mínima. Y antes de que pueda fijarse del todo, desaparece. Ese gesto —breve, suspendido, irrepetible— funcionó como clave silenciosa del debut de Matthieu Blazy en la alta costura de Chanel. No como una metáfora subrayada, sino como una forma de entender la moda: algo que existe intensamente solo mientras sucede.
En el Grand Palais, Chanel construyó un paisaje que parecía detenido en el tiempo. Árboles de sauce, hongos gigantes, una escenografía que no buscaba imponerse sino envolver. Más que un decorado, era un estado mental.
La colección comenzó con una reducción casi radical del traje Chanel. Transparencias de seda, tonos suaves, estructuras livianas que parecían más un recuerdo que una afirmación. No había nostalgia, sino depuración. Los códigos de la casa aparecían expuestos, a veces literalmente: cartas bordadas, frascos de N°5, un rouge rojo, objetos pequeños y profundamente cargados de significado, escondidos en forros, bolsillos o suspendidos de las cadenas internas de las prendas. El interior —emocional y material— se volvía visible.

A partir de ahí, el relato se transformó. Sin anunciarlo, las siluetas empezaron a mutar. El cuerpo femenino, centro absoluto de la propuesta, se movía con una ligereza que remitía a lo animal, a lo aéreo. Las referencias a aves no eran figurativas, sino sensoriales: pliegues que sugerían plumaje, bordados que construían textura, capas que reaccionaban al movimiento. No se trataba de disfraz ni de fantasía literal, sino de una exploración de la libertad como forma.

El trabajo artesanal —impecable, complejo, casi invisible en su precisión— sostenía esa ilusión. Desde la sastrería negra, afilada y exacta, hasta las piezas más etéreas cargadas de color, todo parecía pensado para acompañar al cuerpo, no para dominarlo. La alta costura, aquí, no funcionaba como espectáculo de virtuosismo aislado, sino como una conversación entre quien crea y quien viste.


Sin hacer énfasis explícito, el desfile también hablaba del presente. De la individualidad, del derecho a habitar la propia forma, del gesto personal por sobre la imposición. En ese sentido, la elección de modelos —diversa, no jerárquica— reforzaba una idea clave: la moda no existe sin quien la activa.



Cuando el último look cruzó la pasarela y el silencio se quebró en aplausos, quedó la sensación de haber asistido a algo deliberadamente efímero. Como pájaro, la colección no intentó quedarse. Dio una pausa poética, un instante de belleza concentrada, y luego se fue.
La alta costura, en manos de Blazy, no se presenta como monumento, sino como experiencia: intensa, sensible y, por definición, fugaz.

Images: Copyright CHANEL





