POR NINAXSCOUT
Me tomé varios días para escribir esta nota. No por falta de opinión, sino porque últimamente empiezo a sospechar de todo lo que se piensa demasiado rápido.
En una época en la que una colección puede ser vista, juzgada y descartada antes de que termine de desfilar, tomarse el tiempo para mirar empieza a sentirse como un lujo.
Nunca tanta gente pudo hablar de moda al mismo tiempo. Eso es interesante. Lo que resulta bastante menos interesante es la facilidad con la que empezamos a confundir tener una plataforma desde la cual hablar con tener algo para decir.

No creo que haya que estudiar moda para hablar de moda, ni que un título vuelva interesante a nadie por decreto. Pero sí existe una diferencia entre tener una opinión y tener una mirada. Y esa diferencia, aunque hoy no esté muy de moda decirlo, se llama trabajo: contexto, referencias, tiempo, curiosidad. Incluso la posibilidad de cambiar de opinión, una práctica cada vez más rara en las redes.
Una cámara y una audiencia pueden darte alcance.
El criterio, lamentablemente, no viene incluido.
Lo curioso es que esta facilidad para juzgar convive con una ansiedad igualmente visible por pertenecer: quién fue invitado, quién quedó afuera, quién estaba adelante, a quién le llegó una acreditación y quién considera que debería haberla recibido.

No encuentro nada particularmente cuestionable en querer estar. A mí también me interesa estar. Lo difícil de comprender es la insistencia por acceder a un espacio que, una vez conquistado, parece merecer únicamente desprecio.
Entonces la pregunta es bastante simple:
¿para qué queríamos entrar?
Por momentos daba la sensación de que importaba más haber conseguido la pulsera que mirar aquello que ocurría del otro lado de la puerta.
Y eventualmente esa misma pregunta dejó de dirigirse al público y empezó a dirigirse también a BAFWEEK.

BAFWEEK cumplió veinticinco años. A esta altura ya no se trata de una plataforma joven intentando descubrir qué quiere ser. Veinticinco años deberían otorgar algo más que permanencia: deberían otorgar criterio.
Y fue justamente eso lo que más extrañé de esta edición.
No creo que una fashion week tenga que ser enorme. Creo que tiene que ser buena.
Seis días, dieciséis propuestas, más de seis mil asistentes. Son cifras excelentes para una gacetilla que después me llegó por mail, pero más gente, más marcas y más espacios no constituyen necesariamente una escena cultural más interesante.
Yo habría preferido menos. Menos marcas, menos invitados, menos desorden, menos necesidad de transformar cada metro cuadrado en contenido. Y bastante más exigencia.

Mi problema con esta edición no fue simplemente que hubiera ropa que no me gustara. El gusto personal es una herramienta bastante limitada para pensar moda. Mi problema fue no entender, demasiadas veces, cuál era la vara.
Una institución así no debería limitarse a reflejar lo que la industria ya es. También debería empujarla hacia adelante. No debería alcanzar con ser una marca grande, tener presupuesto o poder montar un show. Debería existir lugar para alguien que todavía no conocemos: un diseñador trabajando desde una estructura mínima, alguien saliendo de una universidad, alguien sin prensa ni capital, pero con una obsesión.
A BAFWEEK le falta underground. Algo menos domesticado, más extraño, más incómodo, más vivo.

Durante muchos desfiles sentí lo contrario. No solo en diseño o morfología, también en estilismo, puesta y performance. Hubo una voluntad constante de producir “experiencias” que, muchas veces, resultaron menos interesantes que la ropa que pretendían amplificar. Como si la escenografía pudiera reemplazar una idea.
Incluso el mal gusto necesita inteligencia para ser interesante.
La moda no tiene que ser bella. Puede ser grotesca, excesiva, incómoda o desagradable. Pero tiene que devolver algo a cambio de mirarla: una idea, una pregunta, una forma, una imagen que no hubiéramos podido imaginar antes.
Por eso Pucheta Paz, Valentina Schuchner y Delfos significaron otra cosa dentro de la semana. Ahí volví a encontrar una razón para mirar. Había prendas capaces de sostener la atención sin necesitar que una puesta gigantesca viniera a convencerme de su importancia.

Desconozco cuánto de la grilla responde a acuerdos comerciales, alianzas o necesidades económicas. Sería infantil pretender una moda separada del dinero. La moda es una industria y necesita estructuras capaces de financiarla.
El dinero puede entrar. Lo que no debería hacer es reemplazar al criterio.
Cuando la lógica comercial comienza a percibirse con mayor claridad que la lógica curatorial, una plataforma cultural corre el riesgo de convertirse simplemente en una sucesión de espacios ocupados por quienes están en condiciones de ocuparlos.
BAFWEEK podría aspirar a algo bastante más importante.
Me interesaría más descubrir nombres nuevos que confirmar, una vez más, que una marca conocida puede montar un desfile.
Si BAFWEEK pretende representar la moda argentina, debería asumir cierta responsabilidad sobre aquello que la moda argentina será dentro de diez años.

En ese sentido, también resulta difícil comprender una institución local que parece encontrar más prestigio en construir legitimidad académica hacia afuera que en mirar con la misma atención aquello que ya se produce acá.
Durante la semana, BAFWEEK abrió espacio a una masterclass del Instituto Marangoni, dictada por la directora de Educación de su sede de Firenze y enmarcada dentro de un tour internacional cuyas actividades se desarrollaban en inglés. No tengo ningún problema con que eso exista; el intercambio siempre es valioso. Lo extraño es la ausencia de una presencia igualmente visible de las universidades que forman diseñadores en la misma ciudad donde BAFWEEK sucede.
La Universidad de Buenos Aires forma diseñadores todos los años. Muchos egresan con investigaciones sólidas, lenguajes personales y una formación proyectual rigurosa, pero sin una estructura real que les permita transformar ese trabajo en una marca o una colección con posibilidades de producción.
Si vamos a hablar de sostener la industria nacional, quizás habría que empezar por ahí.

Porque si la principal fashion week de Buenos Aires no considera parte de su tarea encontrar y acompañar a la próxima generación de diseñadores argentinos, no sé muy bien quién debería hacerlo.
A esta edición le faltó riesgo. Y, por momentos, deseo.
Quizás por eso el sentimiento que más se repitió durante la semana fue uno bastante poco conveniente para la moda: aburrimiento.
En una disciplina cuya materia prima histórica siempre fue el deseo, quizás sea uno de sus fracasos más profundos.
En medio de todo esto, María Cher me produjo una sorpresa que agradecí.
Llegué predispuesta a pensar que una marca de semejante escala ocupando uno de los lugares centrales confirmaría precisamente aquello que estaba cuestionando. Y ocurrió lo contrario.
Había otra cosa: historia, archivo, tiempo.

Veinticinco años de una marca argentina puestos en relación sobre una misma pasarela. Había memoria industrial, permanencia, momentos que podían ser leídos políticamente y una narrativa que excedía la simple presentación de una temporada nueva.
Por primera vez durante varios días sentí que un desfile me devolvía material intelectual además de material visual.
Y me gustó haber estado equivocada.
No creo, entonces, que las marcas comerciales deban desaparecer de BAFWEEK. Sería demasiado simple. La moda necesita industria, empresas que vendan, talleres, empleados, locales, clientes y estructuras capaces de permanecer.
Lo que no debería ocurrir es que la historia ocupe todo el espacio reservado al futuro.
Que esté María Cher. Pero que a su lado exista alguien cuyo nombre todavía no conozcamos.

Lo mismo ocurre con nombres completamente consolidados como Fabián Zitta. La cuestión no es la edad; la juventud tampoco constituye automáticamente una virtud. La pregunta es institucional: ¿cuántas veces necesita legitimación alguien que ya está legitimado?
Entre el street style transformado en performance individual, las personas construyendo una versión de sí mismas para la fotografía, gente acumulada en las puertas para conseguir la prueba visual de haber estado allí y las marcas intentando justificar algo injustificable, por momentos sentí que estaba observando una representación de cómo imaginamos que debería verse una fashion week.
Y no es exactamente lo mismo.
Emerson escribió en Self-Reliance: “Imitation is suicide.”
La copia es suicidio.

Buenos Aires no necesita una versión disminuida de París, Londres, Milán o Nueva York. No tenemos su industria, su economía ni su historia. Quizás justamente por eso deberíamos estar más interesados en descubrir qué puede producirse desde acá, en lugar de reproducir los signos externos de un sistema construido en otro lugar.
Después de tantos contenidos, acreditaciones, opiniones, performances y videos, encontrar una prenda que pidiera ser mirada terminó sintiéndose casi raro.
Tal vez el verdadero lujo hoy no sea estar sentado en primera fila. Tal vez sea todavía poder mirar algo el tiempo suficiente como para entender por qué merece nuestra atención.






