Hacía ya varios años que secretamente deseaba ir a Burning Man, mítico evento boreal que se lleva a cabo cada Septiembre en el desierto de Nevada. Alli se mezclan expresiones artísticas de toda naturaleza con la naturaleza misma: esculturas, performance, música, silencio... y polvo, viento, lluvia, barro, sol implacable y luna chamánica. Nueve días con sus noches de rituales paganos, donde los 70.000 habitantes de una ciudad temporal erigida exclusivamente para celebrar el lado mas brillante de la humanidad se mueven de un lado a otro en bicicletas, motos eléctricas y carrozas de gran esplendor.

Burning Man, con su colosal y desinteresada autoridad, simboliza el lado idealista de la generación posmoderna, tal como Woodstock definió el espíritu libre de los '60 y el glam/punk rock el desencanto y decadencia de los '70. La posmodernidad abarca mas de una década, siendo los '80 su punto más álgido, después que los movimientos sociales de masas implosionaran ante el advenimiento del capitalismo pop: yuppies, el new-wave, la arquitectura de escala inhumana, el sueño americano de prosperidad y un consumismo insaciable engendraron una sociedad occidental llena de sonrisas falsas, ingeniosas publicidades y una pastilla para cada problema. La libertad ante todo, pero separados. El individualismo como rey, la colectividad como dogma anticuado, que evita el avance supersónico hacia las estrellas. Y así nos estrellamos: crisis climática, petroguerras, polución, alimentos cancerígenos... la inteligencia artificial que asoma para aniquilar primero nuestros empleos y luego a nosotros. 

La respuesta temprana a ese estado de híper-superficialidad la dió un grupo de bohemios californianos en 1986, quienes con la quema del primer "Man" en una playa de San Francisco iniciaron inadvertidamente un movimiento que pronto se dió a llamar "Burning Man" y cuya esencia radica en la solidaridad, la expresión irrestricta y la autosustentación extrema. En Burning Man no existe el dinero. Todo se comparte y no hay límite a la imaginación. "The Burn" se mantuvo como ceremonia cuasi-íntima hasta 1990, cuando se mudó a la locación actual, un paraje desolado conocido como Black Rock Desert. Allí se desarrolló anárquicamente hasta 1997, año en que se impusieron las primeras reglas: no animales (se escapaban a la montaña) y no combustible líquido ni pirotecnia (riesgo: explosivo). Con el correr del tiempo, este curioso experimento social creció en popularidad y se vio obligado a organizarse de manera "seria" para así poder recibir una creciente cantidad de burners y continuar ampliando su impacto (contra)cultural.   

Por más que en Burning Man el dinero no corra, las entradas son caras. Van de $550 a $3000 dólares -según cuándo se saquen y cuánto uno esté dispuesto a colaborar con la causa- se agotan fácilmente y no es tan simple conseguirlas. Aun con entrada en mano, acceder al evento presenta una dificultad extra, ya que se lleva a cabo en un paraje remoto, sin agua dulce y escasa lluvia anual. Conducir hasta allí es toda una travesía. Además, hay que tener disponibles varios días de ocio sin conexión a internet, la cual escasea. No es posible (y se desalienta) el teletrabajo desde Black Rock City, portentoso nombre de una ciudad que se levanta en cuestión de días para luego ser totalmente desarmada en tantos otros, dejando cero huella de su existencia.

Sabiendo esto, me adentré en la aventura ya convertido en hada, tal es el nombre que se les da a quienes experimentan Burning Man por primera vez.

Aunque es una ocasión que muchos consideran ideal para probar sustancias que alteran la percepción, yo justo caí enfermo unos días antes, por lo que pasé todo el "Burn" completamente sobrio. Esto me dio la oportunidad de apreciar los acontecimientos con total claridad. Un amigo fueguino me pasó a buscar con su novia por el aeropuerto de Reno pasada la medianoche y enfilamos rumbo al desierto. En los últimos kilómetros solo se veían estaciones de servicio destartaladas, azotadas por el viento. Entrada la madrugada llegamos a la cola, donde decenas de autos, camionetas y casas rodantes aguardaban su turno para ingresar al predio. Afuera, una tormenta de polvo arremetía sin piedad. La visibilidad era casi nula. Parecía otro planeta. Después de tres horas, nos dieron la bienvenida. Amanecía. 

Entrar a Black Rock City es meterse en una ciudad alternativa. ¿Otra dimensión? Está dispuesta como una perfecta medialuna, cada vehículo tiene su lugar asignado, hay calles demarcadas y se nota que la gente va súper preparada para habitar un sitio inhóspito, donde hasta los bichos son pocos. Lo llamativo es que cada habitante está en modo de constante expresión. Lo primero que captó mi atención fue una chica trepada a un sapo gigante, contemplando la salida del sol. Luego noté una carpa de circo cuyo cartel exterior rezaba "Orgy Tent"... la mayoría aún dormía, pero la realidad se veía como un sueño.

Dia 1

Aproveché la mañana para armar la carpa en mi "camp", donde ya me esperaba un grupo de amigos. La edad promedio en BRC es de 34 años, pero hay gente de todo grupo etario e incluso familias. Lo primero que hice fue agarrar una reposera, ubicarla en la esquina y sentarme a observar el increíble desfile de personajes, bicicletas y carrozas que pasaban por ahí. Aunque confieso que he viajado, esta no era una esquina cualquiera. Después de un par de horas, salimos a dar una vuelta. A la cuadra, descubrimos una carpita donde se servía la bebida de moda: matcha. Ya que no existe el dinero, uno solo debe acercarse al "mostrador" y, con la diligencia propia de un lugar donde el reloj se usa poco, hacer el pedido. Un dúo de djs baristas amenizaba la tarde. Divino. 

El viento no cesaba y de hecho se intensificaba. Volví al camp y me preparé para salir. En realidad no hice nada, ya que me quedé con la misma ropa polvorienta que tenía encima. Ducharse es un lujo para pocos en BRC. Además, no se puede derramar ningún tipo de líquido. Tampoco hay tachos: los deshechos debe volver al "mundo default" con la persona que los generó. Al anochecer me pasó a buscar la pareja con la que llegué y pedaleamos juntos hasta una de las tantas fiestas. Los atuendos nocturnos son un show aparte, teniendo en cuenta que la temperatura baja considerablemente: sacos de piel sintética, sombreros fedora, pañuelos, animal print, trenzas ceñidas para ellas, pulseras metálicas para ellos, lucecitas para todos (si no llevás luces encima, te gritan "¡dark bug!" -bicho oscuro-). La onda general va de minimalismo retro a maximalismo futurista, sin escalas. ¿Mi look? Poncho salteño rojo, galera negra, alpargatas y máscara pandémica para protegerme del polvo. Bailé un rato, pero el cansancio del día me pudo y pronto me fui a dormir.

Dia 2

Me levanté temprano con música al palo. Justo enfrente habían montado una carpa con djs. Me crucé y durante un rato fui el único bailarín. El viento había amainado un poco, pero el polvo hacía que el aire fuera casi irrespirable. Todos tenían sus modelos de máscaras, algunas mas sofisticadas que otras. Después de compartir un almuerzo magro aderezado con polvillo altamente alcalino (BRC se erige sobre suelo prehistórico), me subí a la bici y fui a recorrer la efímera urbe. Pasé por barcitos improvisados, una esquina con micrófono abierto donde cada uno podía cantar o recitar lo que le plazca, por una instalación llamada "Barbie Death Camp" (??!!) y muchos camps armados de las maneras mas inventivas, desde carpas militares a cubículos plateados que parecían destinados a la exploración lunar. Me sumé a una reunión de "Burners sobrios" -yo era uno, aunque de manera forzada- donde escuché testimonios loquísimos hasta que vino un "guardaparque" y nos comunicó que se acercaba una tormenta de polvo (¡Desert Storm!). Todos inmediatamente se levantaron, montaron sus bicicletas y se marcharon raudamente. ¿Qué se avecinaba?

Al atardecer y luego de la tormenta (fue leve), mi chamigo y su princesa pasaron a buscarme nuevamente, esta vez con una linga, la cual usamos para atar mi bici a su moto eléctrica. Fue así que me remolcaron por toda la playa (se pronuncia "plaia"), el espacio abierto frente a BRC, donde se desarrollan la mayoría de las fiestas y donde se levantan instalaciones artísticas de grandes dimensiones. Éramos el foco de atención. De más está decir que había cosas muy llamativas, como el Titanic y la Torre Eiffel (ambos partidos al medio), pero esa tarde el ingenio de mi guía se llevó todas las sonrisas de aprobación. Nos adentramos en territorio desconocido, donde cabinas de dj móviles expedían música electrónica de géneros variados, aunque el house y el tech-house eran los sonidos predominantes. Ya de noche, empezó a garuar finito. Al rato, lloviznaba. Decidí marcharme mientras aún tenía fuerzas, sabiendo que pedalear en el lodo iba a ser arduo. No estaba equivocado. Hice dos paradas antes de llegar a "casa": en un elefante psicodélico que me resguardó del frío y en el bellísimo "Templo", construído íntegramente en madera en honor a las personas que queremos y ya no están. Nuestros deseos, frustraciones y amores se dejan ahí, para que el fuego los arrulle la última noche del Burn, cuando esa estructura de arquitectura singular se convierte en cenizas... Finalmente llegué, me acosté y enseguida empecé a escuchar las pesadas gotas de lluvia que caían. Cerré los ojos.

Dia 3

Me desperté y aún llovía. Nuestros vecinos ucranianos dándole play al mismo tema de Foster The People en repeat. Salí de la carpa y ya no había polvo flotando, pero era un barrial. Cuando se mezcla con el agua, el suelo de BRC se transforma en un fango pegajoso, difícil de quitar. La gente cubría su calzado con bolsas de nylon. Nadie estaba realmente preparado. Al no poder transitar, los camiones atmosféricos dedicados a vaciar los cientos de baños químicos de la ciudad tampoco podían hacer su ronda matutina... Siguió lloviznando toda la mañana, hasta que al mediodía comenzó a aclarar. 

Fue entonces que se apareció un hombre de poncho, sombrero y escoba en mano para ayudarnos a sacar el agua acumulada en la lona del techo. Asistido por su escoba, lo hizo rápido. Era uno de los pocos con botas. -"¡Ud. parece un gaucho!" -le dije- "Este es un accesorio gaucho"- respondió, al tiempo que nos mostraba un pañuelo de cuello inequívocamente pampeano. -"Una vez fui a Buenos Aires a aprender fileteado"- ¿Coincidencia? Enseguida eché mano a un block de hojas, un marcador y le pedí que improvise uno. Se sentó y, mientras dibujaba, nos empezó a relatar su historia. -"He estado en todos los Burn. Soy parte del grupo que dió origen a la idea, allá en San Francisco"-. Los integrantes de nuestro camp comenzaron a reunirse en torno a Justinian, tal era su nombre. "En los '90 estuve de gira con Trent Reznor. Hacía un número de contorsión en medio del show. Lo pueden ver en YouTube como 'The original armenian rubberman Justinian Morton'". Narrador nato, fue él quien nos contó como fueron los primeros Burn y como el año 1997 marcó un punto de inflexión, siendo el último sin reglas. -"En esa época éramos solo 15.000"-, explicó. -"A todos siempre les digo, acérquense a los camps más sofisticados y usen sus bonitos baños, ya que el espíritu de Burning Man está en compartirlo todo"- El hombre exhudaba humildad, predicaba enseñanzas. Un maestro -"El favor que nos hizo se llama gauchada"- le dije. "Anótamelo por favor, colecciono palabras". Se la escribí en su teléfono celular mientras finalizaba su fileteado, el cual decía 'GAUCHO'". -"Tiene lindos firuletes"- le expresé. "Anótame esa también", me indicó después de explicarle el significado. Y se marchó, agradeciéndonos por haberlo escuchado, casi agradeciendo por haberlo dejado hacernos un favor. La simpleza y magia de ese momento evidencia la resistencia que existe hoy hacia a los tecnócratas de Silicon Valley ("tech bros"), quienes comenzaron a asistir -mas que nada como observadores- hace aproximadamente una década con el boom de sus imperios en la nube, trayendo consigo el super lujo y la exclusividad a un espacio que siempre se consideró egalitario, salteándose el esfuerzo cotidiano que es parte esencial de la experiencia.

Al calmar la lluvia y salir el sol, el lodo se secó en menos de una hora. ¡Ya no había polvo!, ¡ni viento! La fiesta enfrente se desataba con aullidos post-diluvio. Las bicis iban y venían. BRC entraba en modo activo. Aproveché y salí. Hice un par de cuadras y me encontré con una carpa discretamente llamativa: "Café Morocco". Escuche música y entré. Lo que descubrí fue la epítome del chill-out. Sillones, almohadones, alfombras, slow-tempo y café, acompañados de voces femeninas e intrumentos que improvisaban sutilmente sobre el dj. No éramos tantos, pero estaba lleno. Descalzos. Pronto me di cuenta que era una "camp party". Todos se conocían, menos yo. Felicidad de media tarde. Al salir de ese sueño norafricano, la noche se relamía. 

Me fuí a preparar (solo me puse el poncho) y nuevamente los novios pasaron a buscarme. La playa vibraba, las estrellas asomaban. Fuimos en busca de Monolink, que tocaba en la carroza Robot Heart, el camp mas famoso, tanto por los djs que lleva como por su nivel de hedonismo. Estaba lleno. Esperamos. Y esperamos. Y esperamos. El artista estaba ahi, en la cabina, rodeado de campers, pero después de una hora, nada. Un poco desilusionados, pedaleamos hasta otra fiesta. El panorama nocturno de la playa es puro neón que se pierde en el horizonte. Bicis, gente, carrozas... todo está iluminado, un espejismo multicolor. La música de las carrozas se confunde entre sí. Me recordó un poco a Creamfields y ese caos de beats y tránsito de clubbers. Fiesta, fiesta, fiesta. Camino a casa subí un altísimo tronco de árbol con una casita en la punta. Me senté en una hamaca y vi salir la luna roja, dominatrix estelar de ese paisaje surreal. Todos parecían estar bajo los efectos de algo, menos yo. Observé atentamente The Man, la efigie de un hombre erguido sobre una plataforma de 40 metros en el centro de la playa. Sirve de guía, ya que mira de frente al medio exacto de la medialuna que conforma BRC. Seguí sus ojos y me fui a dormir, cansado de pedalear en el barro rugoso y solidificado. 


Día 4

¡The Burn! Esta noche ardería The Man. Todos los habitantes de BRC asisten a la ceremonia, reunidos en círculo alrededor de la figura central. Pero antes... ¡Té! ¡Comida! ¡Risas! Un poco de ciclismo random, envío de postales (¡hay un correo!), mas baile desaforado enfrente y a preparase para la ceremonia. Ya alistados, encaramos hacia el inmenso círculo en medio de la playa. Nos ubicamos y presenciamos un show de malabares con fuego que remitía a lo mas profundo de la esencia humana: El Ritual. Y The Man ardió. Hubo fuegos artificiales. Y vítores. Y unión. ¡Y mas fiesta! El legendario Lee Burridge pinchaba a la medianoche, asi que allí fuimos. Una fiesta auténtica, llena de amor y un dejo de nostalgia. Estábamos cerca del fin ya, asi que todos dimos un poco mas de nosotros mismos. A las 2am Lee puso su último track y con eso me eché a rodar yo también. Debía desarmar la carpa y alistar mi equipaje porque 8am partía el autobús de vuelta al "default world". Intenté descansar, no pude, empaqué y al amanecer salí rumbo a la estación, donde me hicieron tirar los últimos pasos antes de darme el pasaje. Dormí todo el viaje hasta Reno. Cuando abrí los ojos, vi un cartel publicitario. Estaba de vuelta, pero ya no era un hada. 


Texto y fotos: Fred Wood (2026)