Hubo una época en la que el deseo se construía lentamente.

La conquista, la sensualidad, no aparecían de golpe entre dos notificaciones ni se resolvían con un “¿venis a casa?” a la medianoche.

El deseo se hacía esperar, y pienso en cuándo dejamos de ser sensuales, ¿Cuándo dejamos de seducir?

No hablo de sexo, de eso ya hay muchísimo. De hecho, probablemente más que nunca. Está en las series, en las redes sociales, en publicidad, en los reels que vemos sin pensar mientras tomamos un café. Pero sensualidad, eso es otra cosa. La sensualidad es lo que pasa antes, es el deseo de querer que la otra persona nos desee también, es el tiempo y el misterio que lleva descubrir al otro, el silencio, los suspiros, la palabra.

Pienso mucho en esto cuando vuelvo a ver películas de Walerian Borowczyk, aquel director polaco que en los años 70 filmaba algunas de las escenas más sensuales del cine sin mostrar prácticamente nada explícito, o a veces sí, pero lo explícito —a mi criterio— de una época sutil. Una mano rozando una tela de seda, rosas marchitas, juego de labios en un primer plano, todo parecía pensado en detalle, y con mucha imaginación.

Y quizás ahí está la diferencia con nuestros tiempos: hoy la imaginación tiene poco trabajo verdad?

Vivimos en una era de estímulos permanentes, todo está disponible, todo es inmediato, todo es visible, en Instagram, Facebook, y ni hablar de las apps de citas. De repente sabemos demasiado rápido cómo es alguien, qué hace, dónde estuvo anoche, qué música escucha, con quién sale. El misterio, ese ingrediente fundamental de la atracción, se evapora antes incluso de que exista una primera cita.

Y las citas… bueno, las citas también cambiaron.

El otro día estábamos post-cena, tomando un vino con una amiga, y terminamos riendo de algo que, en el fondo, no era tan gracioso. Un chico que ambas conocemos —uno de esos hombres lindos, atractivos, y aparentemente sofisticados— nos había invitado a salir el mismo día. A las dos. Por separado, claro.

La escena era casi absurda: nosotras comparando mensajes como si estuviéramos descifrando un guión repetido.

“¿Tomamos algo mañana a la noche?”

¡La misma frase! ¡Casi a la misma hora! La misma espontaneidad sospechosamente copiada y pegada.

Y ahí terminé de confirmar algo que venía pensando hace tiempo, y es en qué momento dejamos que todo se vuelva tan fácil, tan rápido, tan poco especial.

A mí desgracia (y tal vez la de varias) esto que sucedió no es una novedad, ni tampoco es que antes las personas fueran más románticas, pero sí había más ritual, más construcción. Invitar a alguien a salir implicaba cierta intención. Había una elección detrás.

Hoy parece que vivimos en la lógica del “por si acaso”.

Por si uno dice que no, por si surge algo mejor, por si alguien responde primero…

No quiero sonar nostálgica —o tal vez sí un poco—, pero siento que muchas mujeres hoy extrañamos algo difícil de explicar y es la sensación de ser deseadas con tiempo, con curiosidad, que nos dediquen atención real, que quieran conocer nuestros deseos, que se animen a conquistarnos, que seamos un desafío.

No en un mensaje que llega a la medianoche, ni un copy-paste general a tu grupo de amigas.

Tal vez por eso, cuando veo aquellas escenas lentas, sensuales y con tanto misterio del cine de Borowczyk, me pasa algo curioso, pienso en el pasado, y pienso si es que todavía podría existir.

Me da la sensación que la verdadera sensualidad en realidad nunca tuvo que ver con mostrar de más, siempre tuvo que ver con imaginar, con querer descubrir los placeres del otro, y con conocerse a uno mismo para saber cómo dar.

¿Será que lo verdaderamente seductor hoy en día es alguien que sabe realmente lo que quiere?